Sembrando y cultivando esa costumbre atávica, esa práctica subyacente en la sangre mágica y eterna, esa constante y recurrente necesidad de escarbar la tierra buscando las raíces, que nos llevarán al tiempo circular donde danzan los ancestros alrededor del fuego.
La danza no es solo una necesidad de un grupo de personas, sino más bien un derecho de los pueblos que de esta manera participan de los beneficios que conlleva el sano esparcimiento a través de la profesionalización y expansión de la danza, con sólidos principios de identidad cultural.
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